Un día de sol oscuro que iluminó las tinieblas

El sol estaba en su hora buena, tan caliente como el fuego que purifica el oro. Ella caminaba perdida por el desierto, desesperada por encontrar cómo saciar su sed. Deseaba poder avanzar con el mismo entusiasmo con que empezó su viaje cuando decidió desviarse de su camino y dejar de seguir a quien lideraba aquella excursión.

“A veces es necesario seguir nuestro propio camino, sin importar que el sol  amenace con quemarnos o   el cansancio nos indique que ya no podemos continuar”. Eran los pensamientos que hablaban desde su interior, mientras las inmensas gotas de sudor recorrían su cuerpo.

Se decía a sí misma: “¡Debes continuar!  Te perdiste por buscar tu propio camino y aunque estés sedienta tienes que seguir  hasta encontrarlo”.

De solo pensar  que alcanzaría su meta, sus fuerzas fueron renovadas, un optimismo extraño se apoderó de ella.
El camino parecía cada vez más largo. Sin embargo, su mente estaba poseída por un deseo de avanzar.
Las horas pasaban y misteriosamente el cielo se tornó gris.
 ¡Un día de sol oscuro que iluminó sus tinieblas!

Comenzó a llover; el agua no solo sació su sed, sino que le brindó el placer del descanso. No sintió temor por el frío, mas bien se alegró, porque esta era la señal de que todo mejoraría.
Era la primera vez que amanecía a la deriva, y en vez de sentarse a llorar miró al cielo y agradeció a Dios. Se acercó a una piedra, de esas que escasean en el desierto, extrajo una manta de su mochila y ahí pasó la noche.
Los rayos del sol la hicieron despertar.

“¡Wao! Que hermoso amanecer”, pensó. Nunca había visto tanta belleza en el inicio de un día.


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